En una casita de dos pisos, en el pasaje El Roble, de
Mi hermano Jorge, el del medio, llegó al mundo un 15 de Abril y mi hermano Ricardo, el menor, un 11 de Abril. Ambos, al igual que yo, en
Siempre se nos celebraron a todos los cumpleaños, donde asistían toda la extensa parentela y los amigos. Nunca faltó la rica comida, los juegos entretenidos, el cuento de hadas nocturno, el regaloneo matinal, las entretenciones vespertinas, las salidas sabatinas, las matinées dominicales y la ropa impecable.
A los cinco años ingresé al Instituto Anglo Chileno, un colegio particular ubicado en el barrio de la “Pila del Ganso” y que tenía la gran particularidad que era administrado por profesores provenientes de los mejores colegios particulares de la capital. Cursé hasta el cuarto básico allí y sin duda la formación recibida hasta ese entonces marcó el rumbo definitivo de mi vida.
En el autobús de Don Luis-aquel calvo bonachón que nos trasladaba todos los días desde casa al colegio-aprendí a respetar las diferencias entre las personas pero también a defender lo mío y a los míos; en el trato cotidiano con mis compañeras de curso aprendí tempranamente a conocer, querer y respetar a las mujeres; en las clases de la “Miss Carmen” aprendí el idioma Inglés, la disciplina y el respeto a los maestros; en los ensayos de teatro y baile aprendí a amar las artes de la comunicación; en los recorridos por la biblioteca aprendí a amar la lectura y el lenguaje.
En aquellos buenos tiempos todos los sueños eran posibles, incluso llegar y tocar


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