Solsticio de Invierno-Mi primera Infancia

En una casita de dos pisos, en el pasaje El Roble, de la Villa O`Higgins , en la salida poniente de la capital , viví mi primera infancia. Aquel mundo inicial era perfecto: una madre entregada por entero al cuidado del hogar; orden y limpieza; comidas deliciosas; masivas fiestas familiares; entretenidas vacaciones de invierno; vacaciones de verano en Quintero, un balneario cercano a Valparaíso, en la Quinta Región, o en Constitución, un balneario cercano a Talca, en la Séptima Región; un padre trabajador, responsable, amante del futbol de barrio del día domingo, de la buena mesa, de los buenos vinos y los mariscos, malgenio y cariñoso con los suyos; matinées  dominicales en el cine Metro, de la calle Bandera, en el centro de la capital; compras de ropa en la tienda “Los Gobelinos”, de calle Ahumada con Compañia, o en “Ronitex”, en el barrio de Santa Rosa, en la salida sur de la ciudad; onces en el café “Paula” del Portal Fernández Concha y en el café “Santos”, en el centro de la ciudad; viajes a Peñaflor, un pueblito cercano a Santiago, camino al mar, para visitar a mis padrinos Guillermo y Marta, en fin...

 

 Mi hermano Jorge, el del  medio,  llegó al mundo un 15 de Abril  y mi hermano Ricardo, el menor, un 11 de Abril. Ambos, al igual que yo, en la Clínica Central. Los tres hermanos, tan seguidos en edad, nos convertimos en compañeros inseparables de alegrías y pesares de aquellos primeros años.

 

Siempre se nos celebraron a todos los cumpleaños, donde asistían toda la extensa parentela y los amigos. Nunca faltó la rica comida, los juegos entretenidos, el cuento de hadas nocturno, el regaloneo matinal, las entretenciones vespertinas, las salidas sabatinas, las matinées dominicales y la ropa impecable.

 

A los cinco años ingresé al Instituto Anglo Chileno, un colegio particular ubicado en el barrio de la “Pila del Ganso” y que tenía la gran particularidad que era administrado por profesores provenientes de los mejores colegios particulares de la capital. Cursé hasta el cuarto básico allí y sin duda la formación recibida hasta ese entonces marcó el rumbo definitivo de mi vida.

En el autobús de Don Luis-aquel calvo bonachón que nos trasladaba todos los días desde casa al colegio-aprendí a respetar las diferencias entre las personas pero también a defender lo mío y a los míos; en el trato cotidiano con mis compañeras de curso aprendí tempranamente a conocer, querer y respetar a las mujeres; en las clases de la “Miss Carmen” aprendí el idioma Inglés, la disciplina y el respeto a los maestros; en los ensayos de teatro y baile aprendí a amar las artes de la comunicación; en los recorridos por la biblioteca aprendí a amar la lectura y el lenguaje.

En aquellos buenos tiempos todos los sueños eran posibles, incluso llegar y tocar la Luna, como lo hicieron  los tres astronautas norteamericanos a fines de los 60.

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